Se armó la gorda en Ezeiza. Cuando todo parecía encaminado para el debut mundialista de la Selección Argentina, una noticia bomba sacudió los pasillos del predio Lionel Andrés Messi: Nicolás Otamendi, uno de los pilares defensivos de la Scaloneta, corría serio riesgo de perderse el primer partido de la Copa del Mundo. La razón, una posible sanción que arrastraba desde las eliminatorias sudamericanas y que, de aplicarse, dejaba al «General» fuera de combate en el momento más crucial. Pero acá no hay margen para el azar: la AFA movió todos los hilos a contrarreloj para evitar el desastre.
El problema venía gestándose en silencio. Otamendi había recibido una tarjeta amarilla en el último partido de las Eliminatorias rumbo al Mundial, pero no era una amonestación cualquiera. Según los registros del ente rector del fútbol mundial, el defensor central acumulaba un número límite de apercibimientos que, junto a un informe disciplinario por supuestas declaraciones contra el arbitraje, podían derivar en una suspensión automática. La noticia cayó como un baldazo de agua fría en el cuerpo técnico de Lionel Scaloni, que ya tenía diagramado el once titular con Otamendi como jefe de la zaga.
La gestión comenzó en las sombras. Mientras los jugadores se entrenaban a puertas cerradas en el predio de AFA, los directivos encendieron los teléfonos. El presidente de la Asociación del Fútbol Argentino, Claudio Tapia, y su gente de confianza iniciaron una serie de reuniones virtuales con los departamentos de competiciones y disciplinario de la FIFA. El argumento argentino era sólido: la amarilla en cuestión había sido por una infracción leve, y las supuestas declaraciones contra el árbitro estaban malinterpretadas. «Nicolás jamás faltó el respeto al colegiado. Es un profesional intachable», sostuvieron desde la delegación.
Pero el tiempo jugaba en contra. Faltaban menos de 48 horas para el debut, y cualquier demora en la resolución podía dejar a Otamendi afuera. La AFA presentó una apelación de urgencia acompañada de videos y transcripciones de la conferencia de prensa donde el jugador había hablado. En esas imágenes, se veía a un Otamendi mesurado, que se limitaba a analizar el rendimiento del equipo sin atacar a nadie. «No es lo mismo decir que un árbitro tuvo una mala tarde que acusarlo de parcial», explicó un allegado a la delegación.
La respuesta de los organismos internacionales llegó en la madrugada previa al partido. Después de revisar las pruebas, la FIFA decidió no aplicar sanción. Otamendi estaba habilitado. En el hotel de concentración, el alivio se palpaba. El defensor, que venía de una temporada brillante en el fútbol portugués, había sido una pieza clave en la clasificación: jugó 12 de los 18 partidos de las Eliminatorias, con un promedio de 2.3 despejes por partido y una efectividad del 89% en pases. Perderlo para el debut hubiera sido un golpe anímico y táctico.
La situación trajo recuerdos de viejas gestiones de último momento. En el Mundial de 1998, la AFA había logrado que se levantara la suspensión a Javier Zanetti por una roja polémica. Y en 2010, una movida similar salvó a Juan Sebastián Verón para el debut. Pero esta vez, el contexto era más tenso: la Argentina llega como campeona defensora, y cualquier alteración en el once inicial podía romper el equilibrio que Scaloni construyó durante años. «Otamendi no es solo un defensor, es un líder adentro y afuera de la cancha», comentó un ex compañero de selección.
Con el problema resuelto, Scaloni respiró tranquilo. El entrenador sabe que el debut en un Mundial es una final en sí mismo. Argentina enfrenta a un rival que promete presión alta y juego directo, y tener a Otamendi como ancla defensiva es vital. El «General» suma 112 partidos con la celeste y blanca, y su experiencia en citas mundialistas —2010, 2014, 2018 y 2022— lo convierte en un bastión. En la práctica de fútbol del día anterior, se lo vio firme, marcando con la dureza que lo caracteriza y ordenando a la línea de cuatro.
La gestión de último momento no solo salvó el debut de Otamendi, sino que dejó una enseñanza: la Scaloneta no deja nada al azar. Mientras afuera algunos especulaban con posibles reemplazantes, adentro se trabajaba en silencio para que el equipo llegue completo a la batalla. Y es que en el fútbol argentino, a veces, la guerra se gana antes de pisar el césped. La pelota, eso sí, dirá la última palabra.
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